sábado, 10 de junio de 2017

sábado, 3 de junio de 2017

NUESTRA CUBA


Conozco Cuba. Creía conocer Cuba, me corrijo. Tuve ocasión de visitarla varias veces. En las primeras, siempre junto a Guillermo, me deslumbraron sus encantos naturales, todos, incluyendo su gente, su clima, su geografía. Y, cómo negarlo, me rendí ante los memoriales de su historia y de su heroica Revolución: el Cuartel Moncada en Santiago, el Mausoleo del Che en Santa Clara, el Museo y la Plaza de la Revolución en La Habana y todos los recorridos que figuran en las guías para viajeros.
Ya en mi penúltima visita, en mayo de 2015, fui en busca de rehabilitación para la Esclerosis Lateral Amiotrófica que me fue diagnosticada. Viajé con la tierna compañía de mi hija Magdalena, que estuvo a mi lado los primeros diez días de internación en CIREN (Centro Internacional de Restauración Neurológica de La Habana). Entonces tuve ocasión de descubrir -y volver a admirar- una Cuba menos visible en los catálogos turísticos y tal vez más genuina: la relacionada con su sistema de salud. La franca empatía de los cubanos en general se me reveló -se nos reveló (a Magdalena, a Guillermo y a mí) como un naturalizado ejercicio de la solidaridad y como una manera de ejercer cierta visión humanista de estar en el mundo que los caracteriza.
Imágenes de la Cuba que viví en 2015, en CIREN y junto a Magdalena y Guillermo.

 Pero en mi más reciente experiencia en la capital de la isla, impulsada otra vez por la amorosa decisión de Guillermo (que obviamente acepté y compartí), y nuevamente en busca de al menos una modestísima mejoría o un alivio, así sea transitorio, para la progresión de mi enfermedad, Cuba me volvió a sorprender. Esta vez la diferencia -cada experiencia es siempre otra y única-, fue que mi acompañante en el viaje y en los diez días iniciales de las cuatro semanas de tratamiento fue mi hijo Juan. Junto a él empujando mi silla de ruedas dentro y fuera de CIREN conocí otros costados, otras realidades, otra respiración de este país singular. Por eso lo que sigue ya no es un texto mío sino un testimonio experimentado, sentido, pensado y escrito por los dos.
Recorriendo Habana Vieja.

Cuba es una isla. La mayor de las Antillas, se la llama. Pero no deja de ser una pequeña isla, territorialmente pequeñísima si se la compara con el gigante del norte, ya que los EEUU no sólo son equivalentes en superficie a ¡noventa! Cubas sino que cuentan con el 50% del poderío militar de todo el planeta.
Y sin embargo, contra esa pequeñez material, Cuba es inabarcable, ilimitada, inmensamente múltiple, rica y compleja en su historia y en su presente. En su belleza y en sus contradicciones. En su geografía y en su gente.
Desde el vamos y no sin cierta frustración de mi parte, la rotunda franqueza de mi hijo me hizo saber que la visita a los lugares icónicos de La Habana no le interesaba tanto como conocer de primera mano cómo viven, piensan, aceptan o resisten los cubanos su realidad. Quería bucear en esta Revolución que lleva ya casi sesenta años, con todo lo que el paso de ese tiempo implica y con todo lo que este presente global les impone a los cubanos. 
Así fue que Juan, desde que pisó suelo habanero y en el tiempo que le dejaba libre la necesidad de asistirme, recorrió la ciudad durante esos diez días en alerta constante, buscando las señales que le permitieran encontrar algo más que lo que proponen las páginas web o lo que callan o mienten los medios sobre esta isla cuya tenaz resistencia al asedio imperial tanto les incomoda.

Confieso que no me sentía segura de poder orientar a Juan en su búsqueda. Procuré inicialmente (y logré), en el tiempo libre que me dejó el programa de rehabilitación, hacerle conocer, al menos de afuera, La Bodeguita del Medio, el Malecón o la playa. Pero él miraba, buscaba y encontraba, además y donde yo ni lo imaginaba, otras cosas, otra Cuba, otras Cubas.
En el Malecón. Al fondo, la fortaleza San Carlos de la Cabaña, del S. XVIII.

Acompañado por Elio, Juan firma en la pared de La Bodeguita del Medio.
Mientras yo hacía mis primeras sesiones de fisioterapia Juan caminó varias veces las largas siete cuadras que separan el hospital del gimnasio y observó, preguntó, me trajo cada día mangos y guayabas, contactó a responsables de los CDR (Comité de Defensa de la Revolución), mantuvo una larga y jugosa conversación con un veterinario jubilado que hoy completa su ingreso trabajando como barrendero y que aceptó dar su testimonio de fe en el socialismo ante la cámara del celular de Juan, como puede verse aquí abajo:

También encontramos entre la gente del común -vendedores, taxistas, empleados- algunas opiniones críticas de las políticas públicas del Gobierno. Ahí también creímos advertir la idiosincrasia de un pueblo que aprendió a convivir con sus contradicciones hasta hacerlas parte de su identidad. Algunos se enojan con la supuesta tendencia a la haraganería, que ellos mismos llaman “cubaneo” y que atribuyen sobre todo a los empleados públicos y muy especialmente a los funcionarios poco operativos. Aunque el vicio es universal y denunciado por un abanico que va desde el Kafka de El proceso hasta el personaje argento y controversial de Antonio Gasalla, entre muchos otros. Pero rastreando en la historia, el estigma de vagos o poco rendidores en el trabajo les fue atribuido a los habitantes de la isla -sobre todo a los aborígenes esclavizados hasta la extinción y luego a los negros importados de África para reemplazarlos- por los intereses coloniales de España y más tarde por los planes anexionistas estadounidenses. Pero hay falsedades que terminan por naturalizarse como verdades en la conciencia colectiva, sobre todo las impuestas por decisiones imperiales. Como el llamativo uso de la bandera de barras y estrellas en el diseño de la ropa. Algo que muchos cubanos y cubanas portan con absoluta libertad y con independencia de su afinidad o no con las políticas de EEUU para con Cuba. Algo que, como nos señalaba uno de nuestros ocasionales interlocutores en la isla, no tiene su contraparte en EEUU, donde nadie se atrevería a portar la bandera cubana en su ropa.
En cuanto a la autocrítica de los cubanos, en todos los casos advertimos que no es la Revolución y el sistema político que sostiene Cuba desde hace casi seis décadas lo que se desaprueba sino, puntualmente, los errores de gestión que en distintas áreas afectan intereses concretos de la gente. Un enfermero de CIREN, por caso, aludió con sincero enojo a ciertas inequidades generadas por la apertura económica de los últimos años; objetó el todavía desprolijo cuentapropismo o maldijo las formas que adopta la corrupción en el aparato estatal. Corrupción que, hay que decirlo, comparada con la que opera en el mundo capitalista, es en Cuba, por sus magnitudes y efectos, más cercana a la travesura de algunos pillos que a la inmoralidad o al delito institucionalizados que conocemos. Pero nada en su rezongo rozó siquiera la descalificación al sistema que rige la dinámica social del país. Más bien al contrario, lamentó que este presente no siempre honre lo conquistado "al precio de tanta sangre derramada", nos dijo textualmente.
Y es que en ese enojo y en esa severa autocrítica se puede también advertir otra herencia: la del que llaman el Apóstol o padre fundador, José Martí. El mismo que en 1891 expresó: “Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás […] yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

Una prioridad que, refutando el falaz "cubaneo" o indolencia, retomaron como bandera los jóvenes que asaltaron en 1953 el Cuartel Moncada, bastión militar de la dictadura de Batista. Diezmados pero no vencidos, aquellos muchachos liderados por el joven abogado Fidel Castro volvieron a alzarse y a reconquistar, en 1959, desde la Sierra Maestra, una cubanía arrojada y activa. Y que sigue reivindicando su vocación antiimperialista, su solidaridad internacional y la dignidad que les confiere conocer, ejercer y defender sus derechos básicos a la alimentación, la salud y la educación para todos.
Qué es un CDR

Uno de los empeños iniciales de Juan, que enseguida terminé por compartir, fue ver de cerca y entender cómo funciona hoy un CDR. Pero, ¿cómo encontrar uno o a quien se aviniera a explicarnos su funcionamiento? 
Se le ocurrió averiguar en la oficina de relaciones internacionales de CIREN. El amable joven de rasgos mestizos y ojos celestes nos escuchó con curiosidad y, después de reconocer que "era la primera vez que le preguntaban algo así", se disculpó por no saber: "trabajo aquí pero vivo en un barrio alejado". Igual, nos alentó: "pregunten a alguien por la calle, cualquiera los va a ayudar a ubicar el CDR más cercano, hay uno en cada manzana". 

Los CDR son unidades de participación ciudadana y democracia directa en la gestión de Gobierno. Se crearon en primeros tiempos de la Revolución como un sistema de autodefensa frente a los ataques, saqueos, amenazas y conspiraciones de la contrarrevolución. Con el tiempo las funciones se han ido modificando y actualmente van desde la búsqueda de soluciones a problemas comunes como agua, cloacas o tendido eléctrico hasta la mediación o derivación en emergencias sanitarias o sociales, el fomento de la participación popular en asambleas, elecciones o decisiones de gobierno. Cada CDR está conducido por un equipo renovable cada dos años (presidente, vice, etc.) elegido por votación entre los vecinos de la manzana. El o la presidente del CDR está al tanto y se ocupa de solucionar también conflictos de violencia intrafamiliar, necesidades de salud, educación, vivienda o trabajo de cada uno de los vecinos. Esta dinámica hace que todos y todas se conozcan y se vinculen, un poco a la manera de las vecindades barriales de hace décadas o de los pueblos chicos del interior de la Argentina; algo cercano a la perdida y denostada función de aquellas "chismosas" del barrio que, sin embargo, tantas veces socorrían y aliviaban urgencias con espontáneo comedimiento. Las demandas que un CDR no puede satisfacer de manera directa se elevan a una instancia superior, el Comité de Zona, donde con un criterio asambleario se debaten las problemáticas presentadas, se evalúan prioridades y se resuelve. El presupuesto con que se maneja el sistema incluye los aportes fiscales de los cuentapropistas de cada CDR y la modesta asistencia del Estado.
En su búsqueda, Juan tuvo dos encuentros altamente productivos con presidentes de sendos CDRs y hasta fue invitado a una reunión de balance de gestión de un Comité Zonal, donde conversó con la alcaldesa del municipio, que así se llaman las comunas o barrios de la ciudad. De esa charla y de la que también mantuvo con un periodista especializado que cubría el acto, obtuvo rica información también sobre los cambios que se están produciendo en el país, sobre todo a partir de la tibia apertura diplomática de las relaciones con EEUU y como consecuencia de la natural dinámica que impone el devenir de la historia.

Tiempo de cambios
Entre las modificaciones y adecuaciones que la organización social y política de Cuba ha debido darse en los últimos tiempos, están los microemprendimientos privados en actividades económicas productivas o de servicio, que antes eran de exclusiva gestión estatal. En charla con una amiga entrañable de hace décadas, responsable del área de teatro de Casa de las Américas, supimos de las dificultades de adaptación social a los nuevos tiempos. Antes, el Estado era único dueño de los medios de producción, de la tierra y de todo lo sobre ella edificado, incluyendo las viviendas. Por lo tanto, nadie era propietario y nadie pagaba impuestos. Ahora, muchos de los nuevos cuentapropistas se quejan de su obligación fiscal. ¡Pero cómo!, ¡esta plata la gané con mi esfuerzo! ¿Por qué tengo que dar una parte al Estado?, reclaman algunos a quienes hay que volver a explicarles que ningún esfuerzo personal alcanzaría si no estuvieran dadas las condiciones políticas, económicas y sociales para que su esfuerzo rinda. Hay que volver a explicarles que de eso se trata el socialismo que tanta sangre costó hace casi seis décadas, y en cuyo marco tal vez ningún pequeño comerciante o empresario pueda crecer demasiado para que tampoco nadie quede debajo de la línea de pobreza.

La huelga es una medida de fuerza que prácticamente no se ejerce en Cuba, no porque esté prohibida. De hecho, existen los sindicatos y hace unos meses pararon los propietarios de taxis no oficiales, los que no pertenecen a la flota estatal llamada Cubataxi, en la que los choferes son empleados públicos. Estos nuevos dueños de los llamados "almendrones" (los típicos autos cubanos con varias décadas rodando y bastante precarios en carrocería, chapa y demás), suelen trabajar levantando a varios pasajeros en un trayecto más o menos fijo, y cobran lo que quieren o pueden, sin taxímetro ni tarifa previsible. Pero tienen que aportar un impuesto. Y un día decidieron no salir a trabajar, como modo de presión para que se les alivie la carga fiscal. El paro provocó un verdadero desmadre ya que el transporte público sigue siendo una de las deudas pendientes del Estado.
El joven Marx
También buscó Juan asomarse al mundo académico. Al segundo o tercer día de nuestra estadía, todavía en la etapa evaluativa de mi internación en la que aun yo no había empezado las extenuantes rutinas físicas, decidimos hacer una incursión a la Universidad de La Habana. Erigida sobre una pequeña colina en el barrio El Vedado, su principal ingreso (imposible para nosotros) es por unas empinadas escalinatas del frente. Pero detrás, y empujando él mi silla a pulmón, entramos al predio por una suerte de cuesta o rampa, en un ascenso probablemente menos fatigoso que subir a la Sierra Maestra. Arriba se levantan varios edificios destinados a distintas facultades. Entramos en el de Filosofía y justo estaba por iniciarse una reunión en el salón auditorio Manuel Sanguily, presidido por una imagen de Fidel y su cita "Aquí me hice revolucionario". 
Juan junto a la estatua "Alma Mater" en el ingreso
 a la Universidad de La Habana.
 
En el Auditorio Manuel Sanguily, de la Universidad de La Habana. Al fondo, Fidel afirma: "Aquí me hice revolucionario".
Sin preguntar, por las dudas nos dijeran que no, ingresamos y nos ubicamos discretamente en la última fila, pero -¡ah, la selfie banalidad!- cuando intenté tomar una foto quedé expuesta como turista o curiosa. Alguien se nos acercó y amablemente nos invitó a que nos retiráramos porque se trataba de una reunión interna del Partido Comunista Cubano (!). Salimos, Juan se disculpó y luego de presentarse ante un joven que parecía estar en la organización, le explicó los motivos que nos llevaban a acercarnos a ese lugar. Gentil y colaborador, el muchacho le sugirió que hablara con el decano de Filosofía y le comunicara sus inquietudes.

En el Auditorio de la Universidad de La Habana.
La gestión fue rápida y el directivo académico mantuvo una charla amigable con nosotros. Mostró interés genuino en el intercambio de visiones y testimonios sobre la realidad de nuestros respectivos países. El sábado siguiente volvimos a la Universidad, a un encuentro abierto organizado por el centro de estudiantes que, bajo el título de Amigos de la Revolución, incluía conferencias de distintas personalidades, entre ellas de Aleida Guevara, hija del Che, además de varias comisiones de estudio y debate. Nos acreditamos en una, sobre Movimientos Sociales, que se realizó en el mismo auditorio de donde fuimos eyectados dos días antes. Ahora nos recibían como a verdaderos embajadores. En la previa, una charla con dos miembros de la FEUH (Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana) tuvimos un anticipo luminoso de lo que sería el posterior encuentro personal con uno de ellos, Marx Cartagena (26 de edad, 5º año de Medicina en la ELAM), un pibe de una lucidez y una capacidad de análisis y reflexión crítica que nos deslumbró. 

 
 

Participamos a medias en la comisión, aportando, tanto Juan como yo, nuestras respectivas visiones acerca de los movimientos sociales en nuestro país. Pero sobre todo disfrutamos escuchando las intervenciones de las y los estudiantes de Cuba y también de Brasil, Venezuela, México, Mali, Angola, Zaire o Nicaragua, entre otros. Nos disculpamos por retirarnos antes (ya teníamos cita pactada con nuestro amigo Elio Pena Martínez), y recibimos a cambio el agradecimiento de los que conducían el encuentro por haber asistido e intercambiado criterios y experiencias.
A velocidad crucero Juan empujó mi silla por las bacheadas calles y veredas cubanas hasta el vestíbulo del hotel Habana Libre, donde nos esperaban Elio y su esposa Elia con una mochila llena de libros y revistas sobre Fidel, el Che, Camilo Cienfuegos, y crónicas y análisis de la Revolución. Conmueve la vehemencia y el ardor de este hombre de trajinados 76 años, excombatiente de la Revolución, a la que agradece, entre otras cosas, haberse alfabetizado, haber estudiado en la ex URSS  y haberse graduado de historiador. Es abrumador el despliegue que hace de citas de Fidel, de anécdotas de la épica revolucionaria, del desembarco del Granma, del asalto al Moncada, del Che, del bloqueo, de los asedios, los atentados, la resistencia, el período especial, así como del humanismo, la solidaridad y la dignidad que hacen parte de la identidad cubana construida por la Revolución y hoy naturalizada hasta en los más jóvenes o en los más críticos. Todo eso y mucho más puede entrar sin respiro en el verborrágico discurso de Elio sin que sea posible interrumpirlo. Junto a él, Juan recorrió el Museo de la Revolución y algunos lugares emblemáticos de La Habana. A continuación, incluimos un video breve en el que saluda a los jóvenes argentinos y otro, un poco más extenso, en el que empieza valorando la Reforma Universitaria argentina de 1918 y termina apasionándose en reflexiones sobre geopolítica y corporaciones mediáticas.

 



Juan y Elio Pena Martínez, en el Museo de la Revolución.
Por fin, lo más rico, profundo y complejo de nuestra búsqueda fue el encuentro del martes siguiente, en el restaurante El Palenque, cercano a CIREN, con el joven Marx, estudiante de medicina a punto de graduarse en la ELAM, mexicano, hijo de guerrilleros vinculados al Movimiento Zapatista (su padre perdió una pierna en una acción armada), cuyas reflexiones nos parecieron de una audacia, una consistencia, un compromiso y una sinceridad que nos admiró. Sobre todo, teniendo en cuenta sus jóvenes 26 años. 
 
Coincidimos con Juan en que tal vez hayamos estado frente a frente con alguien dotado para pensar, liderar y/o dirigir procesos sociales y políticos de signo progresista en el futuro cercano. Es evidente que su formación, desde lo familiar (su nombre es indudable estigma que parece orientar su destino) hasta lo académico, lo ha provisto de las mejores herramientas culturales e ideológicas. Pero es probable también que este inminente médico no tenga completa conciencia de cuánto de los dones con que lo privilegió la naturaleza pueden (y ¿deben?) revertirse hacia la sociedad bajo la forma de liderazgo o conducción. En cambio, nos comentó al pasar que su proyecto, cuando se gradúe, es irse junto a su novia brasileña y también estudiante de medicina, a ejercer la profesión en alguna de las zonas más precarizadas de la selva amazónica. Un objetivo nobilísimo, romántico y de humana entrega a la vez, pero que, a nuestro juicio, parece quedarle chico a este joven Marx, si se tiene en cuenta la estatura de sus capacidades.
Juan y Olga en CIREN.
Seguramente le faltó mucho a Juan, nos faltó mucho a los dos por conocer e indagar en el espíritu, la idiosincrasia y la visión que los cubanos tienen hoy de su propia realidad y de las perspectivas inmediatas y mediatas que el presente les permite esperar. No testeamos la vida en las barriadas periféricas ni en la Cuba profunda. Pero avanzamos unos cuantos pasos más allá de lo que ofrece el circuito turístico y afines. Y mucho, muchísimo más que lo que dicen, lo que callan  y lo que tergiversan los medios de difusión convencionales. Nos llevamos la imagen de una Cuba única y múltiple a la vez, consciente de sus insuficiencias, natural y definitivamente dueña de un comunismo que reconocen perfectible pero jamás negociable, un comunismo que es comunidad, que es "yo con los otros", un comunismo en el que solidaridad equivale a cubanidad hasta el límite incluso de la aparente sobreactuación o la ingenuidad.

Junto a la imagen de Vilma Espín (1930-2007), combatiente, dirigente política de la Revolución y esposa de Raúl Castro.
Recogimos en estos diez días impresiones de una Cuba que, contra la escasez con que fue castigada por el bloqueo genocida, supo construir un socialismo autóctono, independiente hasta la insolencia, generoso, solidario, pacífico, democrático, fraterno e internacionalista, tan fiel al Marx original, el gran Carlos Marx, como al más cercano pero no menos universal José Martí. 
Paradojalmente -o no tanto- de esa síntesis nos habló nuestro joven Marx. Y nos ayudó a enhebrar las otras experiencias, los otros testimonios, las muchas diversidades que en estos diez días conmovieron nuestros modestos mundos interiores.

Juan y Olga, agradecidos.