viernes, 23 de marzo de 2018

DIEZ DÍAS QUE FORTALECIERON LA ESPERANZA

(Esta síntesis ya fue publicada en Facebook y en mi blog De la vida y de las marionetas en febrero de 2018. A continuación, la crónica ampliada)

PREMIO LITERARIO CASA DE LAS AMÉRICAS 2018


 Vengo de vivir diez luminosas jornadas en Cuba, donde entre el 15 y el 25 del pasado enero tuve el honor de ser invitada como Jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2018 en la categoría Teatro. Desde las emocionantes palabras de bienvenida con que nos recibió Silvio Rodríguez en la sede de Casa, frente al Malecón habanero, pasando por las intensas y a la vez placenteras horas de lectura en las terrazas del hotel Jagua, frente al mar Caribe, en la serena bahía de Cienfuegos, incluyendo visitas varias a sitios emblemáticos, funciones teatrales, reportajes, exposiciones, mesas redondas, debates y enriquecedores intercambios con jurados de diversas disciplinas o con algunas eminentes personalidades de la cultura y a la vez gestoras de Casa, como Marcia Laiseca, Jorge Fornet o Vivian Martínez Tabares, entre tantos más, todo sumó compromiso, solidaridad, conciencia del presente que transita Nuestra América y obstinada esperanza en lo por venir.
Con mi hija María Clara, mi acompañante necesaria, junto
a Silvio Rodríguez y su generosa, poética bienvenida.



Tras esa rica, hasta radiante experiencia, no me fue fácil aterrizar en mi país hoy en sombras, por eso demoré unos días este modesto testimonio. 
Pero fui feliz trayendo el galardón que esta vez correspondió a la obra Paraje Luna, del argentino Fernando José Crespi, a quien no conozco pero me gustaría, como me gustó descubrir en los diálogos, en los personajes y en la inesperada, irónica reveladora peripecia de su texto, el reflejo de realidades tan cercanas como universales.
Fui feliz también al coincidir con el voto mayoritario de un jurado que me enorgulleció integrar, junto a la actriz, directora y dramaturga peruana María Teresa Zúñiga, la actriz y directora española-ecuatoriana Charo Francés, fundadora junto a Arístides Vargas del grupo Malayerba, de Ecuador; del actor y director del grupo colombiano Matacandelas, Diego Sánchez y del actor, director cubano Alexis Díaz Villegas, profesor del Instituto Superior de Arte de La Habana.


Fui feliz, además, porque volví a confirmar con admirada gratitud que esa isla asediada y bloqueada desde hace casi sesenta años, sometida a la inclemencia arrasadora de ciclones inevitables (?) y a insuficiencias económicas evitables, sigue sosteniendo y desarrollando políticas culturales, educativas y sanitarias para todas y todos. Es el caso, en el campo cultural, de Casa de las Américas, una institución de prestigio ya legendario en todo el mundo, nacida apenas tres meses después de la Revolución, por inspiración de su fundadora heroica, Haydee Santamaría. Y cuyo Premio Literario
Junto a Roberto Fernández Retamar, presidente de
Casa de las Américas. Detrás, María Teresa Zúñiga,
Jorge Fornet, Saúl Sosnowski, Roxana Pineda,
Natalia Cisterna y Marta Aponte Alsina.
fue organizado ese mismo año de 1959 nada menos que por Alejo Carpentier, y celebrado de manera ininterrumpida durante estas casi seis décadas. Tiempo en el que fueron galardonadas figuras universales como Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Eduardo Galeano, Ricardo Piglia, Andrés Lizarraga,.Juan Gelman, Ezequiel Martínez Estrada, Osvaldo Dragún, Noé Jitrik, David Viñas, Enrique Buenaventura, Virgilio Piñera, Antonio Skármetra, Luis Britto García, María Esther Gilio, Haroldo Conti, Gioconda Belli, Atilio Borón, Idea Vilariño o Rafael Spregelburd, entre otros.
Un Premio, por otra parte, cuya historia fue prestigiada por jurados como Atahualpa Del Cioppo, Paco Urondo, Carlos Monsiváis, Ernesto Cardenal, Haroldo Conti, José María Arguedas, José Saramago, Horacio Verbitsky, Emir Sader, Fernando Martínez Heredia, Augusto Monterroso, Nicanor Parra, José Lezama Lima, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh o Roberto Fernández Retamar, el poeta, ensayista y crítico cubano que desde 1986 preside esta casa de la revolución y la belleza de las Américas que es Casa de las Américas. El mismo con quien, antes de la ceremonia de entrega de premios, mantuve amable conversación, a la que dio comienzo con un saludo a la vez fraterno y amablemente irónico. Tras pasear la vista por nuestras sendas sillas de ruedas arrancó: "¿Cómo está, compañera de...  ideales?" .

VER CUBA DESDE CASA (Parte 1)


Seis postales de la cultura y la idiosincrasia cubanas, registradas en mi reciente visita a la isla como integrante del Jurado del Premio Literario 2018, en la categoría Teatro, que otorga Casa de las Américas. La distinción, sin duda la más prestigiosa de la región, galardonó esta vez al argentino Fernando Crespi por su obra Paraje Luna. Pero el encuentro me sirvió para redescubrir, confirmar y compartir una realidad que no se agota en la lectura de los textos concursantes.


Pergamino suma un nuevo pergamino. A la lista de sus hijos ilustres --encabezada sin duda por el cantor, músico y poeta mayor don Atahualpa Yupanqui--, se agrega ahora Fernando Crespi, ganador del Premio Literario/Teatro 2018 de Casa de las Américas (La Habana, Cuba) por su obra Paraje Luna. Se trata de un texto que revela a un artista inspirado en la elección del tema, que domina el desarrollo de la peripecia y los mecanismos del lenguaje. Es una pieza impecable en su estructura, que avanza a través de situaciones y personajes tan delirantes como reconocibles, que articula humor y tragedia, y cuyo aparente localismo (la cíclica fatalidad de sequías e inundaciones en zonas agrícolas), es referente de múltiples y universales significados. En los que, como enuncian los considerandos del Jurado, “confrontan la ruralidad y lo urbano, el saber y el prejuicio, la tragedia y el ridículo, la pequeñez de la criatura humana y la desmesura de sus sueños”.

                        La mayor institución cultural cubana premió a Fernando Crespi y enorgulleció sin duda a los pergaminenses. Pero además, tengo la percepción de haber sido premiada cuando se me convocó para integrar el Jurado de Teatro junto a María Teresa Zúñiga (Perú), Charo Francés (España-Ecuador), Diego Sánchez (Colombia) y Alexis Díaz (Cuba). Se me premió con la oportunidad de asomarme a la diversidad creadora del continente y a la vitalidad cultural y social de Cuba, tan opacada, negada y distorsionada por los medios informativos dominantes. Por eso, lo que vi, leí y viví fue mucho más que las cuarenta y cuatro piezas de dramaturgos cubanos, argentinos, mexicanos, salvadoreños, panameños, colombianos, dominicanos, guatemaltecos, peruanos, venezolanos, portorriqueños y chilenos que concursaron. Y por eso quiero contarlo.

            Cuando abrí mi correo y encontré la invitación a formar parte del Jurado del Premio Literario Casa de las Américas 2018, tuve un vago presentimiento, algo así como un indicio de que esta vez la experiencia de estar en Cuba sería distinta.

Había recorrido varias veces la isla intentando encontrar (y lográndolo) lo que omiten o desfiguran los medios masivos o las guías turísticas respectivamente. Hasta terminé internándome (metafórica y literalmente) en su sistema de salud, en las dos ocasiones en que, en el CIREN (Centro Internacional de Restauración Neuromotriz), con sede en La Habana, recibí eficaces tratamientos de alivio a la Esclerosis Lateral Amiotrófica que me aqueja desde hace algunos años. Reitero, entonces, que conocía Cuba. O creía conocerla.

            Sin embargo, ahora la cosa pintaba diferente. Empezando porque haber sido convocada por esa Casa de renombre mundial era en sí mismo un honor, un regalo de la vida que no estaba segura de merecer.  Al menos, sentía el desafío de estar a la altura de los antecedentes de un premio literario diseñado en su origen nada menos que por Alejo Carpentier. Un galardón que recibieron Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Eduardo Galeano, Ricardo Piglia, Andrés Lizarraga, Juan Gelman, Ezequiel Martínez Estrada, Osvaldo Dragún, Noé Jitrik, David Viñas, Enrique Buenaventura, Virgilio Piñera, Antonio Skármeta, Haroldo Conti, Atilio Borón o Idea Vilariño entre otros nombres de pareja estatura literaria.
El edificio de Casa de las Américas, en La Habana, Cuba.
            Un lauro que, por si le faltaran antecedentes ilustres, contó con jurados como Atahualpa Del Cioppo, Paco Urondo, Carlos Monsiváis, Ernesto Cardenal, Haroldo Conti, José María Arguedas, José Saramago, Horacio Verbitsky, Emir Sader, Fernando Martínez Heredia, Augusto Monterroso, Nicanor Parra, José Lezama Lima, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh, María Seoane o quien hoy preside la institución, Roberto Fernández Retamar.
           Un premio que viene entregándose anualmente de manera ininterrumpida, desde aquel mítico 1959 del triunfo de la Revolución Cubana, a lo largo de casi seis décadas de cruel bloqueo económico. Tiempo que incluye el atroz “período especial” desencadenado tras la caída de la URSS, cuando volvió a confirmarse que, aun a la hora de adaptar las políticas públicas a severísimas limitaciones presupuestarias, la cultura --tanto como la salud y la educación-- sigue siendo en Cuba un derecho humano innegociable .


VER CUBA DESDE CASA (Parte 2)

CON LÍRICA Y CON GUITÁRRICA

Por eso, tanto me parecía muchísimo. Y sin embargo hubo más. Empezando por la emoción de llegar, ahora como invitada, a esa amigable construcción art decó ubicada en el barrio habanero de El Vedado, a escasos doscientos metros del Malecón. Un edificio donde es fácil sentirse “como en casa” y confirmar que no es en absoluto azaroso el nombre de Casa de las Américas con que fue bautizado y definido su destino. En ese ámbito integrador donde el que entra se siente “de la familia”, en el mediodía del lunes 15 de enero, en el despacho de Presidencia y en amable ronda encabezada por su titular, el poeta, ensayista y crítico Roberto Fernández Retamar, fuimos presentados los jurados de las distintas categorías. Que en esta edición 2018 fueron Cuento, Teatro, Ensayo de Tema Artístico literario, Literatura Brasileña, Literatura Caribeña en Inglés o Creol y Estudios sobre la Mujer.

            Saboreábamos la primera ronda de café cuando entró Silvio Rodríguez. El impulso de la mayoría fue indisimulable. Al recato nervioso del primer instante le sucedió un menos discreto movimiento de cada quien, buscando aproximarse al legendario líder de la Nueva Trova, en procura de un saludo, un abrazo, un intercambio de palabras y, claro, una foto. Alguien de la Casa me animó: “También los cubanos tenemos ese cariño por Silvio y no perdemos ocasión de expresárselo; ve tú también si quieres, éste es el momento”. Sólo tuve que mirar a María Clara, mi hija y necesaria acompañante, que sin mediar palabra arrancó empujando mi silla de ruedas hasta cruzar el salón y lograr la foto, después de un diálogo tan fugaz como amable con el artista, como si de retomar una conversación interrumpida un rato antes se tratara.
Emoción en el diálogo con Silvio.


Pero la emoción se empinaría luego, cuando ya en el enorme auditorio Che Guevara de la Casa, el trovador dijo las palabras inaugurales de esta nueva edición del Premio, a pedido -contó-, de la máxima autoridad de la institución, el allí presente Roberto Fernández Retamar.
        Hasta hubo algunos que se quebraron de emoción cuando dijo:

Quienes hemos sido parte de esta Casa de las Américas durante 59 años tenemos pruebas, en primer lugar, de que el bien es posible, y de que el arte y la cultura son parte de su sustancia. También sabemos que algunas inconveniencias pueden durar más de lo proclamado y que el bien es aún perfectible.” 
El discurso tuvo varios momentos de fuerte compromiso, pero el párrafo anterior concentra esa virtud del lenguaje poético capaz de comprimir el universo en una frase. Aquí va la primera parte:


             Y sí, Casa de las Américas, lo mismo que el espíritu y la energía que la habitan desde su origen, tiene la edad de la Revolución. Nacida el 28 de abril de 1959, tres meses después de la entrada triunfal en La Habana de los combatientes liderados por Fidel, el 1° de enero de aquel año, fue fundada por la heroína del Moncada y Sierra Maestra, Haydée Santamaría, quien presidió la institución hasta su muerte, en 1980. A ella homenajeó, con ternura y sin nombrarla, el conmovedor discurso de Silvio Rodríguez, cuyo segundo tramo pego a continuación:   



             Es que en esa mujer, la Casa sintetiza ese otro modo de vivir en comunidad que se dio hace casi seis décadas el pueblo de Cuba, según el cual la cultura y la educación constituyen un derecho de cada ciudadana y cada ciudadano que el Estado garantiza. Al punto que el mismísimo Banco Mundial reconoce hoy que este país caribeño califica en el primer puesto por su inversión presupuestaria en esos rubros, incluso comparado con los más desarrollados de Europa y América del Norte. Por su parte la UNESCO destaca que, con una tasa de alfabetización del 99,8%, la isla exhibe el nivel más bajo de analfabetismo de América Latina y la tasa de escolarización gratuita más elevada (99,7 %), a la vez que establece que los alumnos cubanos disponen en promedio dos veces más conocimientos y competencias que sus pares de los demás países latinoamericanos.

            La frialdad de las cifras fue fácilmente constatable en la realidad, no sólo para mí sino para el resto de los jurados convocados, al confirmar con admirada gratitud que esa isla asediada y bloqueada desde hace casi sesenta años, sometida a la inclemencia arrasadora de ciclones inevitables (?) y a insuficiencias económicas evitables, sigue sosteniendo, impulsando y desarrollando la creación, la investigación y el intercambio de  escritores, artistas plásticos, músicos, teatristas y pensadores de América Latina y el Caribe. En el caso del Premio Literario, esta distinción se concede desde 1960, incluye la edición de la obra premiada y una significativa retribución monetaria para su autor, además de las excelentes condiciones que se ofrecen a los jurados durante el tiempo que dura su función. En este caso, Silvio terminó diciendo:






VER CUBA DESDE CASA (Parte 3)



TODOS LOS FUEGOS,  CIENFUEGOS


Como viene ocurriendo en varias ediciones anteriores, la lectura y evaluación de los trabajos concursantes se realizó en el hotel Jagua, de la ciudad de Cienfuegos, un marco de serenidad y belleza excepcionales, frente a una bahía donde el Caribe se aquieta en acuática mansedumbre. A lo que debe sumarse el clima de fraternal gentileza que generan todos y cada uno de los anfitriones, desde el ministro de Cultura Abel Prieto, el equipo de eminentes intelectuales y gestores de Casa, su ya mencionado presidente, Roberto Fernández Retamar; su vicepresidenta, Marcia Laiseca; el director de Investigaciones Literarias, Jorge Fornet; o la directora del área Teatro, Vivian Martínez Tabares, entre muchos otros. Sin olvidar a los afables cienfuegueros y, en especial, el personal todo del hotel.
          
Con Jurados y autoridades del Premio, en el hotel Jagua.

           Entre todos hicieron más placenteras las horas de lectura en las bellas terrazas frente al Caribe y ofrecieron visitas a escuelas, hospitales, teatros y edificios emblemáticos de la ciudad, reportajes, exposiciones, mesas redondas o debates. A la vez, los compartidos desayunos, almuerzos y cenas facilitaron el intercambio de criterios y experiencias, contribuyeron a ampliar o fortalecer vínculos y sumaron compromiso, solidaridad, conciencia del presente que transita Nuestra América y obstinada esperanza en lo por venir.

Las horas largas de concentrada lectura alternaron con invitaciones de los organizadores y de funcionarios locales a recorrer las calles, de trazado tan impecable como la limpieza y conservación de sus edificios, de refinado estilo neoclásico, levantados en su mayoría durante la primera mitad del siglo XIX (la ciudad se funda en abril de 1819), cuando se asentaron allí colonos franceses llegados de Luisiana y Nueva Orleans. Declarada por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2005, Cienfuegos es la ciudad más joven de la isla y exhibe en su parque José Martí el único Arco de Triunfo del país que homenajea a la independencia cubana. Acompañados por el alcalde de la ciudad, algunos de los visitantes conocimos el Teatro Terry, un elegante edificio por cuyo escenario  “a la italiana” pasaron figuras como Enrico Caruso o Anna Pavlova.



Junto a la inmensa actriz Charo Francés.
       En esa ocasión ensayaba allí el ballet infantil de la ciudad. De pronto, sin interrumpir las rutinas de cabrioles y fouettés de niñas y niños, trepó ágilmente al proscenio una de las jurados visitantes, la intérprete y directora Charo Francés. Desde allí, de manera tan improvisada como generosa, la fundadora y directora (junto a Arístides Vargas) del grupo Malayerba de Ecuador ofreció un intensísimo y conmovedor monólogo de la Instrucciones para abrazar el aire. La obra, escrita por Vargas, está inspirada en el secuestro, supresión de identidad y hasta hoy desaparición forzada de la bebé Clara Anahí Mariani, tras el asesinato de sus padres por parte de la dictadura genocida que sometió a la Argentina entre 1976 y 1983. Hay que decir que, más allá del arresto expresivo de la actriz, que todos aplaudieron con genuina emoción, a nadie sorprende en Cuba la ruptura imprevista de lo formal para ofrecer un regalo no programado, surgido de la inmediata empatía.

En la terraza del Jagua, con mi hija María Clara y su ternura imprescindible

VER CUBA DESDE CASA (Parte 4)

CIUDAD NUCLEAR

Levantar la vista de la lectura para contemplar la otra punta de la bahía era el corte más saludable y placentero en el trabajo que nos competía como jurados. El día era diáfano y, en aquella franja de tierra que a lo no tan lejos se veía entrar en el mar, como abrazándolo, era fácil divisar la silueta de edificaciones. Entre ellas, destaca una construcción prominente y abovedada. “Es el reactor de la Ciudad Nuclear”, responde a mi pregunta la muchacha morena y sonriente que arrastra el carrito de la limpieza sobre el que lleva, junto con la botella de detergente y los trapos de piso, un ejemplar de Ernesto Guevara, también conocido como El Che, la voluminosa biografía escrita en casi 1000 páginas por Paco Ignacio Taibo II. “Lo llevo para mi niño, tiene cinco años ahora, pero crecerá”, dice orgullosa señalando el libro que le regalaron.
El reactor nuclear de Juraguá, hoy convertido en chatarra.
            Sumando la información que me proveen los lugareños y la que arrojan los sitios de internet, la curiosidad crece. “No es lejos, se puede ir, visitar la ciudad y regresar en el día”, me estimula la camarera que me alcanza un jugo de guayaba. Pero considero las obras que todavía no he leído y mi dificultad para movilizarme, y sé que no iré. Por suerte, veré a través de los ojos de María Clara. Ella se sube esa misma tarde a la barcaza que transporta a los habitantes hacia y desde sus trabajos. Vuelve al anochecer y comparte su carga valiosa de testimonios e imágenes. La que trae en la memoria de su celular y, sobre todo, en la propia, atravesada de perplejidades y sentimientos que la cámara no llega a registrar.
Resultado de imagen de juraguá ciudad nuclear
Maqueta de lo que debió ser la CEN.

            En su recorrida por las calles de Juraguá, mi hija refiere semejanzas con tantos pueblos del interior de la Argentina que en los 90 perdieron el tren, las consecuentes fuentes de trabajo y parte de su población. La Ciudad Electro Nuclear o CEN, -que así sigue llamándose lo que queda de lo que debió ser una gran urbe-, fue un proyecto conjunto de Cuba y la entonces URSS que empezó a levantarse en 1976 con vistas a dotar a la isla de dos potentes generadores de energía termonuclear. El emprendimiento terminaría con la dependencia de la importación petrolera, dificultada por el bloqueo estadounidense, y generaría nuevos y calificados puestos de trabajo. Cientos de ingenieros y técnicos cubanos se perfeccionaron en la Unión Soviética mientras se construían 4.200 viviendas, además de parques, escuelas y clubes deportivos para albergar a las familias de quienes trabajarían en la planta. En 1982 se inauguró con enorme expectativa. Faltaba poco para finalizar la construcción y poner en funcionamiento el primer reactor, pero ya la dinámica orientada al autoabastecimiento energético estaba a punto de concretar el sueño.

            La caída de la URSS en 1989 abortó esa y otras posibilidades de desarrollo. Desde entonces, la población activa busca trabajo en localidades cercanas y los jóvenes tienden en su mayoría a migrar, lo que sumado al paisaje del viejo reactor convertido en chatarra y los edificios sin terminar va reduciendo aquel enclave a un pueblo fantasma. Pero a pesar de todo muchos siguen residiendo y resistiendo con lo que les queda de aquel ideal, apostando a recuperar el proyecto y volver a empezar.

            ¿Voluntarismo, quimera o nuevo desafío? Para un pueblo que desde hace casi seis décadas viene ganando batallas éticas contra un asedio criminal y que sigue defendiendo su dignidad contra la hostilidad económica, política y mediática internacionales, me inclino a pensar que lo imposible entra en su horizonte de posibilidades.

            Si no fuera así, la por ahora frustrada Ciudad Electro Nuclear no seguiría presente en el imaginario de sus creadores, como pudimos comprobar quienes asistimos a la representación de la obra teatral Zona. Escrito y dirigido por Atilio Caballero, artista residente en la CEN, el espectáculo no me pareció teatralmente logrado, sobre todo en lo referido a la puesta en escena. Pero aportó un documento valioso sobre las subjetividades, contradicciones y debates que, sin censura, con libertad y valentía, afronta la sociedad cubana ante sus propios problemas.

            La pieza presenta de manera fragmentaria a distintos personajes de ficción inspirados en los habitantes residuales de lo que debió ser una ciudad del futuro. Pero la singularidad está dada por que los referentes reales están presentes en la sala. Sentados en primera fila, están habilitados por el director para levantarse de sus butacas e interrumpir el curso de la obra cuando lo deseen, para dar su testimonio, con la sola condición de que no supere los dos minutos. Hay quien evoca una anécdota, hay quien ofrece su alegato en ruso, sin traducción, y hay una mujer de rasgos orientales que en dos ocasiones usa sus dos minutos para cantar arias de óperas. Es la soprano Natalia Nikolaevna, residente en la CEN desde que, a principios de los 80, en su Kasajistán natal (ex URSS), se enamoró de un ingeniero cubano que estaba especializándose para trabajar en el reactor de Juraguá. Se instalaron juntos en la ciudad nuclear, tuvieron un hijo, pero terminaron separándose. El fracaso amoroso sumado, tal vez, al del megaproyecto cubano-soviético y a su propio desarraigo, afectó el equilibrio emocional de la mujer que, desde hace algunos años, sobrevive con un modesto subsidio oficial más lo que obtiene ofreciendo por las calles su canto a capella y una balanza que arrastra de un piolín, con la que el vecindario pesa desde un niño hasta una bolsa de arroz. La vulnerable condición de esta mujer, que en la ficción se llama Ekaterina, encarna la de la ciudad que habita. Sin embargo, el Estado cubano protegió a su hijo, que es hoy eminente primera figura del Ballet de Santa Clara.

            Volviendo a la obra de Atilio Caballero, se trata de una creación que pone en debate el delirio y la frustración de quienes están hoy atravesados por esos sueños rotos, a la vez que subraya el extrañamiento y las contradicciones de la historia.   Cuando termina la función, actores y personajes reales se mezclan con el público en el pequeño hall del teatro y en la vereda. Todos tienen muchas preguntas y algunas respuestas disponibles para intercambiar. El hombre de overol azul se presenta: “Soy electricista y hasta que el proyecto se cerró puse ahí mi trabajo y mi pasión, como muchos de mis compañeros. Y sigo confiando en el proyecto de la CEN, creo que no está perdido para siempre”, confía, entre la ingenuidad y la osadía.          Conmovidas, mi hija y yo arrancamos hacia el autobús que nos espera para regresar al hotel mientras evocamos, salvando las distancias, la anécdota ya legendaria de 1956, tras una durísima jornada en la que el ejército del dictador Batista había diezmado a los jóvenes revolucionarios. Fidel se encuentra con su hermano y le pregunta: “¿Cuántos fusiles traes?” Cinco, contesta Raúl, a lo que el Comandante responde: “Y dos que traigo yo, siete. ¡Ya ganamos la guerra!”  


VER CUBA DESDE CASA (Parte 5)

VOLVER A LA HABANA

En el bus de regreso a La Habana, el domingo 21, algunos jurados aprovechamos para abordar los textos cuya lectura adeudábamos. Otra jurado y quien esto evoca leíamos casualmente la misma obra que, aún no lo sabíamos, resultaría ganadora en su categoría. Y coincidíamos, cada una a su momento, en celebrar con espontáneas carcajadas la chispeante dinámica de las réplicas.
Mesa sobre el teatro de lo real y lo social. A mi derecha, Charo Francés; a mi
izquierda, Ma. Teresa Zúñiga, Vivian Martínez Tabares, Roxana Pineda,
Alexis Díaz y Diego Sánchez.
Los tres días sucesivos, ya en Casa de las Américas, incluyeron debates entre jurados y mesas redondas sobre temas varios. La institución anfitriona presentó la edición de las obras premiadas en 2017. Y recibió, por su parte, el Premio Jaime Torres Bodet con que la UNESCO, junto a la Universidad Autónoma de México, distinguen cada dos años a personas u organismos del mondo que contribuyan al desarrollo del conocimiento y de la sociedad a través del arte, la enseñanza y la investigación de las ciencias sociales y las humanidades. El acto fue en la principalísima sala Che Guevara, con asistencia multitudinaria de público, funcionarios e invitados.

María Clara Millán y Leo Brower, en la Sala Che Guevara de
Casa de las Américas.
Entre estos últimos, el enorme compositor, guitarrista clásico y director de orquesta Leo Brower se prestó, con la afable sencillez que es marca registrada de la cubanía, a la charla con los asistentes interesados. Generosidad que, entre otros, también agradeció la música y guitarrista María Clara Millán, mi acompañante.
          Finalmente, el jueves 25, en la sala Che Guevara de la Casa, se dieron a conocer los trabajos ganadores. En la categoría Cuento, el Premio distinguió a Todas las patas en el aire, de Rafael de Águila (Cuba); en Teatro, a Paraje Luna, de Fernando Crespi (Argentina); en Ensayo de tema artístico literario, a Óyeme con los ojos: Cine, mujeres, visiones y voces, de Ana Forcinito (Argentina); en Literatura brasileña, a Erico Verissimo, escritor do mundo, de Carlos Cortez Minchillo (Brasil); en Literatura caribeña en inglés o creol, a Tracing JaJa, de Anthony Kellman (Barbados) y en Estudios sobre la mujer, a Hilando y deshilando la resistencia, de Yanetsy Pino Reina (Cuba).
La Jurado María Teresa Zúñiga (Perú), lee los considerandos por los cuales se eligió ganadora en la categoría Teatro a la obra Paraje Luna, del argentino Fernando Crespi. Detrás, los demás jurados y autoridades de la Casa.
Por otra parte, Casa de las Américas entregó el Premio de Poesía José Lezama Lima a El zorro y la luna, poemas reunidos (1981-2016), de José Antonio Mazzotti (Perú); el de Narrativa José María Arguedas a La madriguera, de Milton Fornaro (Uruguay); y el de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada a Cartografía de las letras hispanoamericanas: tejidos de la memoria, a Saúl Sosnowski (Argentina).

            El acto, abundante en emociones, risas, efusivas fraternidades y congratulaciones, fue breve y despojado de toda solemnidad. En el escenario, a espaldas del enorme Árbol de la Vida (la escultura de seis metros de alto creada por el alfarero mexicano Alfonso Soteno, donada a Cuba en 1975 por el Gobierno de México), se ubicaron el ministro de Cultura Abel Prieto, las autoridades de la Casa y los jurados de las distintas categorías. Tal vez para enfatizar los rasgos comunes de quienes nos reconocemos hermanos en Nuestra América, alguien condujo mi silla hasta el centro del escenario, junto a la del presidente Fernández Retamar. Haciendo gala de su fina ironía, el eminente poeta y ensayista paseó su mirada socarrona por ambos carruajes ortopédicos y sonriendo me saludó con un “¿Cómo está, compañera de… ideales?”, a lo que siguió una breve charla sobre algunos de los autores que, como Martínez Estrada, Cortázar, Borges o Gelman, él conoció e incluyó en su ensayo Fervor de la Argentina.

            Lágrimas, brindis e intercambios de abrazos y direcciones electrónicas y postales fueron cerrando las diez jornadas de dichosa, enriquecedora convivencia. Al día siguiente, la mayoría de las delegaciones partían, excepto algunos que decidieron permanecer en La Habana a la espera de la inminente Feria Internacional del Libro. En nuestro caso, no quisimos regresar sin hacer una visita al Grano de Maíz, el modestísimo mausoleo elegido en vida por Fidel Castro y que hoy guarda sus cenizas en el Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

VER CUBA DESDE CASA (Parte 6)


ABRAZO SANTIAGUERO

La fraterna naturaleza de los cubanos volvió a sorprendernos. No una, muchas veces en esas dos intensas jornadas santiagueras.  No más llegar al hotel, fuimos recibidas por Abel Domínguez, representante local de Casa de las Américas, quien junto a Valeri, su amigo músico, nos esperaban con sendas rosas y la guitarra dispuesta para regalarnos como bienvenida una canción de Pablo Milanés dedicada a Mariana Grajales, considerada Madre de la Patria. Al día siguiente, ambos se ofrecieron como guías y acompañantes de nuestras visitas al Cuartel Moncada y a la tumba de Fidel Castro.
El Grano de Maíz, mausoleo de Fidel Castro en el Cementerio de Santa Ifigenia (Santiago de Cuba).

Allí sí tembló el suelo bajo nuestros pies. Acercarnos a menos de quince metros de la piedra de granito traída de la Sierra Maestra, en la que no más que el nombre FIDEL lo dice todo desde la austera placa de bronce, resulta una experiencia conmocionante. La forma refiere a la afirmación de José Martí que Fidel gustaba citar: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Incluso su pequeño tamaño, comparado con el del vecino mausoleo de Martí, encierra una honda y deliberada simbología, tanto como la sombra que el monumento del Apóstol proyecta sobre el del discípulo continuador de la gesta independentista. A esos significados hay que sumar los del silencio ritual con que se acercan, en forma diaria y permanente, turistas y cubanos; la música marchosa que acompaña, cada media hora, el cambio de guardia de las tumbas del Comandante, del nombrado Martí, de Antonio Maceo y de Mariana Grajales; y hasta el desfile marcial de unas decenas de soldados de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), herederas del Ejército Rebelde que derrocó al régimen batistiano. Todo eso y mucho más hace que la visita al Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, sea una estación ineludible para quien ponga un pie en esta ciudad heroica del Oriente cubano. El esplendor arquitectónico y escultórico de los sepulcros, la conservación y hasta la limpieza de esa necrópolis hablan de la identificación con valores permanentes que, entre otros rasgos, caracteriza a este pueblo.

            Por fin, en nuestro segundo y último día en la ciudad, nuestro guía fue el poeta santiaguero Reynaldo García Blanco, a quien conocimos en La Habana, invitado por haber sido premiado en 2017 por su libro Este es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa. Junto a su encantadora compañera Myrna, escritora y experta en origami, nos acompañó en nuevos paseos por la ciudad mientras compartimos demoradas charlas sobre su país, sobre el nuestro, sobre literatura, sobre educación, sobre música, sobre costumbres y hasta sobre el habla coloquial, insultos y eufemismos picarescos de los distintos grupos hispanohablantes. Al atardecer, bajo un cielo virando de rojos a azules, junto a Reynaldo y Myrna, en la terraza de un Centro Cultural del centro de Santiago, empezamos a despedirnos de Cuba en una peña donde el grupo Kokoyé desplegó, con virtuosismo musical y coreográfico, un seductor programa de rumba con fuertes reminiscencias africanas. Fueron casi dos semanas en las que un país sometido a décadas de escaseces y privaciones nos regaló con prodigalidad lo que allí sobra: la riqueza sin precio de su cultura, su alegría, su sensualidad, su belleza y su fraternidad.

              En el caso puntual de Casa de las Américas, parece no haber bloqueo genocida ni indiferencia internacional ni huracanes devastadores capaces de detener su marcha hacia la integración cultural del continente. No sólo sigue entregando este Premio Literario, sin duda el más prestigioso de la región. También mantiene la continuidad de publicaciones como las revistas Casa de las Américas y Conjunto. Y si se trata de contabilizar las actividades programadas para la primera mitad de 2018, se puede empezar por el Coloquio y Premio de Musicología, el Internacional de la Mujer, el de Culturas Originarias de América o el Encuentro Latinoamericano de Artes Escénicas Mayo Teatral. Sin olvidar el compromiso permanente con la realidad del continente que, ante el acoso internacional que viene sufriendo la hermana República Bolivariana de Venezuela, el pasado 16 de febrero, volvió a expresarse en la “Declaración de Casa de las Américas: La Venezuela de hoy no será el Chile de 1973” y que recomiendo leer íntegra en el enlace http://laventana.casa.cult.cu/noticias/2018/02/16/declaracion-de-la-casa-de-las-americas-la-venezuela-de-hoy-no-sera-el-chile-de-1973/

            Es que Cuba concibe y ejerce la solidaridad entre los pueblos y la empatía entre las personas como el único modo posible y perfectible de su Revolución. Inevitable confrontar con las formas de organización social dominantes que tan de cerca conocemos, donde se censura, se persigue y hasta se mata en nombre de la democracia; donde se humilla y hambrea a los docentes, donde se cierran escuelas o se convierte la salud, la educación y la cultura en mercancías premium para las elites que pueden pagarlas. Inevitable, por las mismas razones, valorar como un verdadero premio la posibilidad de ver materializado y en permanente construcción, el ideal del mundo como casa común. Aunque sea, por ahora, sólo en una isla.